Sobre mi

Lusesita no oculta la presencia de la mano.

Modela cada pieza en diálogo directo con el barro y la superación de las dificultades del material.

Nada escapa de fundirse al contacto con sus dedos, se trate de lo que se trate; observen: si un plato quiere elevarse del suelo como una hoja otoñal transportada por el viento, no implora una columna corintia que la dignifique, ni un robusto pie de Sèvres, ni siquiera el elegante tronco de cono de un Kylix; la pieza verá cumplido su sueño con ayuda de unas delicadas patitas; si un porrón quiere ir de fiesta con la etiqueta 18 op. cit., Sennett, p. 317 que se exige en la invitación, Lusesita no tendrá problemas en simularle un elegante «asa-sombrero» con el estilizado brazo serpenteante de un Kantharos, creando tal confusión que por nombre no podría ser otro que «Artilujio» —con ocurrencia juanramoniana incluida—; si una tetera busca compañeros de velada, puede que se encuentre con una taza Pinocha y algunos ditirambos indescriptibles que obligarán a pastas y té a bailar sobre la mesa para extraer sus aromas lejos del impacto visual de las formas cerámicas.

Y es que en esta fiesta percibimos juego y azar, pero también una investigación pausada y metódica sobre el porqué de dichas representaciones.

La artista logra transmitir la sensación de que las piezas han logrado emanciparse del destino para las que fueron ideadas, como esas grandes obras de arte que han adquirido una desafiante personalidad. Lean en sus propias palabras, la génesis y el sentido que da a su trabajo:

Mi proceso creativo se inspira en experiencias personales y recuerdos íntimos.

De alguna manera es como si viajara en el tiempo, dando forma a las sensaciones que me provocan esas vivencias del pasado. Siempre me ha interesado la mezcla de la cerámica con otros materiales y de todos ellos han sido los tejidos textiles, por ahora, los que se han apropiado de una parte de mis obras.

En algunas de las piezas coso a mano la cerámica a la tela de algodón, generando una especie de trampantojo que puede dar pie a confundir dos materiales tan diferentes.

El juego de esa mezcla de materiales y texturas produce una serie de sensaciones antagónicas que me esfuerzo en buscar y entender: lo duro y lo blando, lo tosco y delicado.

Mis comienzos fueron mucho más narrativos, haciendo que la cerámica fuese un puente entre el relato de la vivencia que me provocaba el interés por el trabajo a realizar y la construcción del objeto que lo simbolizaba. Pero recientemente, poco a poco y sin oponer resistencia, las obras se están volviendo más abstractas.

La libertad ganada con los años hace que en la actualidad anteponga la plasticidad al concepto. Y no me pesa. Lusesita comparte con Peter Fischli y David Weiss la destrucción consciente y militante de las convenciones estilísticas, que hemos aceptado como gradientes válidos para calibrar el valor de una obra de arte y juzgar a su artista.

Con el sarcasmo —basta a veces incluso con un poco de humor para granjearse el desprecio de la comunidad artística— se consiguen efectos demoledores contra el status quo que privilegia unas obras en relación a otras. Por eso, con su habitual ingenio, escapa de las convenciones, libre, sin percibir la ofensa, ni deber cortesía alguna a nadie para ausentarse de la mesa en la que se reparte como carroña el cadáver de la escultura contemporánea.

A la pintura, avisaba Luis Gordillo, «[…] le ha llegado el momento de redefinir radicalmente su campo»19. Sin embargo, hace tiempo que la escultura sufre el mismo mal, a pesar de que la excitante digitalización y los espectaculares procesos de reproducción y captura de volúmenes tridimensionales se hayan extendido y abaratado.

Un paisaje donde parece que solo es fecunda la ruina. Pues bien, esa estúpida esperanza la atajaron Fischli y Weiss con un océano de agudeza al borde del ridículo y Lusesita, como ellos, lleva años a la tarea de no caer presa del desencanto.

Las series de obras de Lusesita para esta exposición hablan abiertamente, con desvergonzado humor, y ya hacía falta, de características propias de nuestro día a día, en lo relativo a la felicidad, la infancia, y la belleza. De su mano miramos a un Mickey Mouse ebrio de fama y de todos los psicotrópicos que le quepan; casi no queda nada a lo que asirse en la apariencia de este ídolo caído, como las promesas incumplidas del mundo del que proviene. Claro que también podemos aspirar a una respuesta sobrenatural adorando un Tótem que representa nuestras aspiraciones más terrenales, ahora que, al otro lado, los dioses están en retirada. Pero paseando entre las obras, de golpe, sentimos cómo las iezas recobran todo su poder y nos ceden la energía que han estado esperando a irradiarnos para fijar en nosotros su sentido último: la bondad; la esperanza; y la capacidad del ser humano para superar cualquier estado de lo abyecto y convertirlo en los más altos ideales. Hace tanto tiempo que no revisamos algunas primorosas recomendaciones de los artistas del pasado que casi sentimos pudor por traerlas a estas páginas: hagámoslo.

La fortaleza en el carácter de Lusesita, su entereza y resistencia en la defensa de su elección estilística al margen de camarillas y condecoraciones han construido uno de los corpus artísticos más singulares de cuantos conocemos y exigen estas palabras 19 Gordillo, Luis, Iceberg tropical. Madrid: MNCARS, 2007, p. 171. de Henry Matisse con las que, sin duda, ella entenderá se la despida en estas páginas: Una vez que ha descubierto cuáles son sus medios de expresión, el pintor debe preguntarse: «¿Qué es lo que quiero?», y proceder, en su búsqueda, desde lo simple a lo compuesto, para tratar de encontrarlo. Si sabe conservar la sinceridad con respecto a su sentimiento profundo, sin trampas ni complacencias consigo mismo, la curiosidad no lo abandonará y mantendrá siempre, hasta su extrema edad, el entusiasmo por el trabajo duro y la misma necesidad de aprender de sus años jóvenes.
¡Nada más hermoso!

Texto: Julio Hontana

Foto: Caterina Barjau